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Entrevista a Corneli Roure,
autor de El Grimorio

¿Cómo y cuándo surge la idea de escribir El Grimorio?
El Grimorio empieza a germinar un día en que imagino la posibilidad de que bajo la antigua casa de piedra en la que habito haya algo... unos subterráneos. Esa premisa excita mi imaginación de forma vehemente y de inmediato me pongo a escribir la intriga que tal suposición me inspira. De hecho, dicha inspiración para construir una novela se inicia cuando, cerrando los ojos, imagino emocionado cómo yo mismo descubro la entrada a tales subterráneos y, con el corazón saliéndome del pecho, penetro en una misteriosa oscuridad que alberga fuerzas desconocidas.

Enric Pros, el protagonista y narrador del libro, se ve envuelto en una trama de sucesos mágicos e intereses oscuros sin buscarlo, ¿cómo definirías al personaje?
Yo lo definiría como alguien extremadamente sensible, pero también extremadamente confuso en los laberintos de su propia mente. Pros es casi un arquetipo de intelectual bobo, porque sus propios miedos ponen límite a su sabiduría; sin embargo, tiene algo especial, y no me refiero a que sea el elegido en el contexto, sino a su particular psicología, porque se trata de un tipo capaz de avanzar, acaso temblando, pero avanzar aunque le vaya la vida. Eso hace de él un valiente, quijotesco, pero muy valiente. Por tal motivo, Enric Pros es singular, puesto que no responde al paradigma del héroe, pero tampoco al del antihéroe.

En el libro aparecen varios lugares considerados especiales, que han sido marcados como parte de un proceso destinado a activar una fuerza trascendental, ¿qué criterios has seguido para elegirlos? ¿Son lugares realmente “especiales”?
Lo son, sin duda. Los lugares cumbre existen, son plazas telúrico-cósmicas donde nuestro planeta posee una relación de intercambio potencial con el universo y el cosmos del cual forma parte. La rueda de Ouroborus recorre unas localizaciones que, sin embargo, están tejidas según la ficción de la novela y que no pueden, por tanto, ser consideradas con la exactitud que requeriría un mapa verdadero de dichos lugares cumbre en la península Ibérica. De hecho, tales emplazamientos existen en abundancia diseminados por las zonas más telúricas del territorio, solo que algunos de ellos tienen una gran relevancia energética, mientras que otros son de menor magnitud.

Durante años te has dedicado al estudio de la tradición y los libros sagrados, la alquimia, la magia, etc. y todo ello se refleja en El Grimorio. Aunque presentados bajo la etiqueta de ficción, ¿hay aspectos en la historia que puedan considerarse hipótesis plausibles?
Naturalmente, nunca escribiría nada que no considerase plausible. En todo lo que respecta a cábala, hay fundamento, como lo hay en especial en todo aquello que hace referencia al Arte Magna (la Alquimia); respecto a las percepciones en otros niveles de conciencia, vienen refrendadas por mi propia experiencia, puesto que quien ha experimentado no tiene por qué creer, sabe. No quiero decir que yo haya experimentado justamente lo que relato, nada de eso, sino que puedo constatar que habitamos en un pequeño espacio de conciencia de la realidad y que hay mucho, muchísimo más. Pese a todo, que nadie intente repetir la operación de la rueda de Ouroborus, salvo que desee hacer un tipo de turismo interesante, porque ese Ouroborus es una invención; aunque Yafudá Cresques existió, y fue un cartógrafo judío-mallorquín muy reputado, en cuyos mapas se referenció Cristóbal Colón.

Y por último, ¿con qué sensaciones se encontrará el lector al leer el libro?
Siempre escribí con la intención de que el lector se ubicase en la intriga. Lo que pienso que te permite sentir la historia es que, más allá de las formas convencionales, más allá del acuerdo común, la realidad es estremecedoramente misteriosa; estremecedora por cuanto rompe con esas formas postizas que le damos, pero no necesariamente terrorífica, porque el misterio universal que postulo en la novela es más profundo, penetrante y cabal que la propia creencia de Dios antropomorfo. El lector hallará el rastro y la sensación de ese deshacer las formas hechas, de ese no consolarse con ideas preconcebidas, de ese no saber, pero estar ahí.

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