Descubre La sombra del cardenal

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Jesús Ávila Granados

Representación de la Paz de Cateau-Cambrésis, de artista desconocido.

Durante siglos, la Inquisición llegó
a todos los segmentos de la sociedad.
En la imagen, "auto de fe" pintado
por Pedro Berruguete en 1475.

Libro La sombra del cardenal

Cuadro de Tiziano en el que
se representa una sesión
del Concilio de Trento.

Retrato del Papa Paulo IV,
conocido como “gran Inquisidor
y profesional de la tortura”.

Retrato del cardenal Cristoforo Madruzzo, hecho por Tiziano,
del que se habla en la novela.

Pinturas de la Danza Macabra, del célebre pintor Simone II de Baschenis,
en una iglesia en Pinzolo.

 

A modo de prólogo

En este apartado, Jesús Ávila Granados nos presenta su obra, la historia que hay detrás de esta novela histórica y sus personajes principales. Una buena manera de acercarse al libro a través de las propias palabras y de la mirada del autor.


Texto: Jesús Ávila Granados

A mediados del siglo XVI, toda Europa estaba viviendo el tránsito del Renacimiento a la Edad Moderna; las corrientes filosóficas y los adelantos científicos se producían con notoriedad en los monasterios y universidades del viejo continente. Paralelamente, corrientes de Reforma se habían producido en el continente, protagonizadas por Lutero, Calvino y otros muchos teóricos religiosos que, bajo el estandarte del protestantismo, hicieron temblar los cimientos de la Iglesia católica. Para combatir estos brotes de “herejía”, la Iglesia oficial apuesta por dos grandes iniciativas: el Concilio de Trento y la fundación de la Compañía de Jesús, creada por san Ignacio de Loyola.

Desde 1559, con la Paz de Cateau-Cambrésis, el dominio español garantizaba la paz en el ducado de Milán, y también en el reino de Nápoles, Cerdeña y Sicilia, contra la constante amenaza de los ejércitos franceses. Sin embargo, la sombra larga y negra de la Inquisición seguía planeando sobre todos los segmentos de la sociedad –amenaza de la que no se libraban ni laicos ni religiosos–, de las ciudades, villas, pueblos y aldeas de toda Europa, prolongándose hasta los más lejanos y escondidos rincones del Oriente y Occidente cristianos. Nadie estaba libre de sospecha; además, el concepto de pureza de sangre se convirtió en una pesadilla que salpicó a personajes que, en teoría, debían estar fuera de toda duda, por su ejemplar comportamiento en los campos de la enseñanza, la cultura, el arte o, incluso, la propia religión, al tratarse, en algunos casos, de teóricos del pensamiento y de la ciencia. Los horrores de la Inquisición, las quemas de “herejes” en la hoguera –recordemos, además, que en ese tiempo el Santo Oficio actuó como muralla contra la penetración de la Reforma protestante–, las terribles epidemias que diezmaron al mundo occidental, los largos y angustiosos períodos de hambruna y miseria hacían estragos en los estratos más débiles de la sociedad…, todo ello fue una constante, en el tiempo y en el espacio, del palpitar cotidiano de aquella oscura época.

Lo sorprendente de todo ello es que, en medio de todos estos atropellos a las libertades, las epidemias y el constante estado de guerra, Italia viera nacer en sus ciudades y pueblos algunas de las más brillantes mentes que haya conocido el mundo occidental, entre ellas, Leonardo da Vinci, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno, Bernardino Telesio, Galileo Galilei, Giambattista Basile, Paolo Sarpi, Tommaso Campanella… Algunos de ellos, como sabemos, fueron perseguidos y asesinados por la Inquisición.

El 13 de diciembre de 1545, después de tres intentos fallidos (Mantua, 1536; Vicenza, 1537 y Trento, 1542), a causa de las rivalidades entre los Habsburgo y Francia, por fin, tras la paz de Crépy (18 de septiembre de 1544), se pudo acordar la realización del gran proyecto: el Concilio de Trento, ciudad elegida especialmente por el emperador Carlos V, por su
proximidad con la Europa protestante, como símbolo del poder de la Iglesia católica frente a la amenaza de las ideas de Lutero, Calvino y demás pilares de la Reforma, en los confines del occidente cristiano.

Tras 18 años de duración y numerosas interrupciones, el sínodo se clausuró el 4 de diciembre de 1563. Fue el 19º Concilio –el 16º Ecuménico de la Iglesia Católica–, desarrollado en tres períodos y un total de veinticinco sesiones. Durante este largo período, cinco pontífices se sucedieron en el trono de San Pedro (Paulo III, Julio III, Marcelo II, Paulo IV y Pío IV). El ansia de poder, protagonismo y nepotismo fue la constante de la mayoría de estos Papas. Uno de ellos, Paulo IV, conocido como “gran Inquisidor y profesional de la tortura”, llegó a tener tanta afición por este tipo de castigo que no dudó en aportar su propio dinero para idear el diseño de nuevos instrumentos de tortura; se decía que las víctimas de sus castigos eran los judíos, las mujeres y los protestantes. En febrero de 1559, en pleno desarrollo del concilio de Trento, Paulo IV renovó las antiguas sanciones canónicas contra los herejes, por lo cual dio un impulso terrible a la Inquisición; además, publicó un Índice de libros prohibidos, en cuyas páginas, no sólo arremetía contra los escritos de los Reformistas, sino contra la mayor parte de las ediciones de la Biblia, y los escritos de los Santos Padres postapostólicos. Por ello, ni los miembros de la Iglesia estaban fuera del punto de mira, cayendo en las más oscuras mazmorras de la fortaleza de Sant’Angelo cardenales, arzobispos y obispos.

En su Tribunal preferido, la Inquisición, se cometían atrocidades que la mente humana en su sano juicio no podía llegar a comprender. Solo reproduciendo una frase suya podremos comprender mejor qué clase de persona era este Juan Pedro Caraffa, que se sentó en el trono de San Pedro con el nombre de Paulo IV: “Si mi propio padre fuera convicto de herejía, yo mismo cogería con mis manos la leña para su hoguera”. El nepotismo de este papa-inquisidor, ante una desconfianza patológica hacia todo cuanto le rodeaba, no dudó en buscar refugio en los miembros de su familia; por ello, hizo cardenales a tres de sus sobrinos; uno de ellos, Carlos Caraffa, conde de Montorio, hombre temido por su crueldad, un forajido sin fe y sin ley, por cuyos innumerables delitos sería degollado el 6 de marzo de 1561, en la ciudad de Roma, por orden del pontífice Pío IV.

Además de su nepotismo declarado a todas luces, Paulo IV no escondía un rencor rabioso a todo lo relacionado con España, cuyos súbditos, según él, eran marranos judíos, musulmanes e indios, empezando por el emperador. Y la actividad reformadora fue la tercera de las notas que caracterizaron los escasos cuatro años del pontificado de este papa, el más nefasto que haya tenido la Iglesia católica. Su fallecimiento, el 18 de agosto de 1559, a la edad de 83 años, desencadenó una sensación de libertad que llevó a los habitantes de la ciudad de Roma a derribar la estatua que representaba en bronce su figura en el Capitolio, al tiempo que eran reducidos a cenizas los edificios de la Inquisición… Sin embargo, esta institución, que tanto debe a Paulo III –primer pontífice del Concilio de Trento–, concebida como una reorganización de la Inquisición romana, cuya misión era velar por la pureza de la fe, tomando medidas pertinentes para defenderla de cualquier herejía, siguió su imperturbable camino como ariete positivo contra la Reforma protestante; primeramente era conocida como “Congregación de la Inquisición Romana y Universal”, y después “Sagrada Congregación del Santo Oficio”.

Trento, gracias al Concilio, y también a la excelente gestión del cardenal Cristoforo Madruzzo, se convirtió a mediados del siglo XVI en una de las ciudades más atractivas, modernas y esplendorosas de la geografía italiana; y su principado, en uno de los territorios más codiciados, tanto por venecianos como por tiroleses, riqueza también derivada de las minas de plata de sus montañas.

En el otoño de 1565, apenas dos años después de la clausura del Concilio, los ecos del sínodo aún retumbaban en las calles y plazas de la influyente ciudad de Trento, capital del principado-obispo, así como en las estancias nobles de los palacios y en los aposentos y jardines de los castillos. Grandes cambios se habían producido en ese período del Concilio. Los más renombrados artistas del Renacimiento italiano se habían dado cita en Trento, durante las largas jornadas de ese prolongado período que duró el sínodo.

Uno de estos artistas fue Bruno Baschenis, renombrado decorador de murales al fresco, contratado por el cardenal Cristoforo Madruzzo para restaurar algunas pinturas de las estancias más nobles del Castelvecchio y del Magno Palazzo, en la ciudad de Trento, quien, aprovechando su respetable labor, tuvo el privilegio de contemplar en primera línea las diferentes sesiones del Concilio como espectador de excepción. Bruno, de 51 años, era hijo del célebre pintor Simone II de Baschenis, natural de Averaria, pequeña aldea de Bergamo, en la Lombardia, ilustre artista itinerante especializado en la decoración de murales relacionados con las escenas de la Danza Macabra.

El otro protagonista de nuestra historia es Angiolo Tonelli, hombre de cincuenta años, afamado diseñador de jardines, natural de una aldea de las montañas del Brenta, quien, tras la muerte de sus padres, a la edad de veinte años, se trasladó a Trento y fue contratado por el cardenal Cristoforo Madruzzo para trabajar en los jardines y parterres de los palacios tridentinos del príncipe-obispo. Su actividad le permitía seguir de cerca y a hurtadillas los entresijos que, a diario, se producían en el seno del Concilio.

Las vidas de ambos –Bruno y Angiolo–, van  a estar estrechamente relacionadas en todo el desarrollo de la presente obra. Después de tantos años trabajando en sus diferentes oficios, en los palacios y áreas ajardinadas de Trento, ambos habían entablado una estrecha y limpia amistad y tenían algo en común: eran huérfanos y habían perdido a sus padres en extrañas circunstancias, como iremos viendo. Y, por sus excelentes logros en sus correspondientes actividades artísticas, gozaban de algunos privilegios, como poder entrar y salir de los palacios tridentinos con la mayor libertad, a cualquier hora, sin que los guardias les pidan la menor explicación.


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